Experimentos sociales: La tarjeta de Jonathan

Jonathan's Starbucks Card¿Irías a un Starbucks a tomarte un café si tuvieras una tarjeta con dinero “gratis”? ¿Pondrías dinero en esa tarjeta para que otros pudieran tomarse un café sin tener que pagarlo? A estas preguntas y a algunas situaciones más complejas encontró respuesta Jonathan Stark estas últimas semanas. Y es que este desarrollador lanzó sin ser del todo consciente un enorme experimento social de crowdfunding.

Mientras trabajaba en un estudio para su empresa sobre dinero digital en dispositivos móviles y cómo pagar con él, Stark publicó online su tarjeta de Starbucks preguntándose si podría compartir su cuenta sólo con distribuir la imagen. Recargó 30$ y pasó el mensaje a sus amigos, que pronto transformaron el dinero en deliciosos (y caros) cafés y sandwiches. Sólo tenían que hacer su pedido y a la hora de pagar mostrar el código de barras de la tarjeta de Jonathan y el gasto se descontaba de la misma automáticamente. Viendo el éxito, añadió otros 50$ y amplió la gente a la que hizo llegar su experimento. La sorpresa llegó cuando descubrió que otras personas también podían recargar la tarjeta desde la web de la compañía de los cafés, y no sólo podían, sino que lo hicieron. Y lo hacían únicamente para que otros pudieran beneficiarse de la misma.

A través de la web de Jonathan se informaba del experimento, y en la cuenta de Twitter de la tarjeta se podía ver el saldo de la misma y cómo la gente lo gastaba y lo reponía. Durante el tiempo que duró la experiencia, más de 500 personas aportaron dinero y la tarjeta llegó a mover más de 8.000$. Durante las primeras semanas, el propio creador se sorprendía del ratio entre la gente que tomaba cafés y los que ingresaban dinero, “pensaba que el ratio sería algo así como 10 a 1 entre bebedores y donantes. La tarjeta está abierta al público con dinero gratis en ella y el 50 por ciento de la gente que la usa, devuelve dinero. Esto no significa que dar sea la mitad de popular que tomar, pero cuando es tan fácil como un par de clicks para devolver, a la gente no le importa tanto compartir el dinero con el móvil”, recoge la publicación GOOD.

Los problemas llegaron a la semana de popularizarse la tarjeta de Jonathan. Muchas webs de referencia y periódicos se hicieron eco del experimento y el flujo de gente utilizando la tarjeta tanto para tomar café como para donar dinero fue creciendo. Y entre ellos, otro desarrollador llamado -irónicamente- Sam Odio. Éste programó un script que le avisaba de cuándo la tarjeta llegaba a cierta cantidad de dólares y le permitía transferir ese dinero a su propia tarjeta. Esto unido a un post que tituló “Cómo utilizar la tarjeta de Jonathan para comprarte un iPad” lo convirtió en blanco de la ira de todos los seguidores de Stark, que le acusaron de robo (y le dijeron de todo menos bonito).

En su blog explicaba que había sacado 625$, dinero suficiente para comprar la tableta de Apple, pero que jamás esa había sido su intención: “Como no encuentro la idea de yuppies comprando café a yuppies muy interesante, he decidido liar la cosa un poquillo (…) No voy a comprarme un iPad, de todos modos. En lugar de eso, voy a vender la tarjeta con los 625$ en eBay y donar lo que se saque a Save The Children. Asumiendo que sólo se vendiera por su valor real, habría dado de comer a 20 niños durante un mes. Aquí tenéis vuestro experimento social: ¿pujará la gente más dinero que el que vale la tarjeta? ¿O soy el único que piensa que ayudar a un extraño a tomar un poco de cafeína no es en lo que debiera estar preocupado el mundo hoy?”

Cuando este hecho llegó a oídos de Starbucks, que se había mantenido al margen de todo hasta ese momento, decidió cancelar la tarjeta por posibles actividades fraudulentas. La gente cargó contra Odio por reventar el experimento, y pese a que pidió disculpas y explicó que su hermano había recargado la misma cantidad que él había sacado de la tarjeta para seguir adelante, la cancelación no tenía vuelta atrás. En otra de sus justificaciones (incluso creó un preguntas y respuestas sobre el caso) se defendía ya que la cuestión era analizar el comportamiento humano ante un bien común y él no había arruinado nada, sino que era un resultado más en la experiencia.

¿Qué conclusiones sacó Stark de todo esto? “Esta noche perdimos nuestro código de barras, pero nunca lo necesitamos en primer lugar. Hemos recibido cientos de historias de gente haciendo pequeñas cosas para alegrar el día a algún desconocido. Pagar al siguiente coche en la cola en ventanilla, compartir un café con alguien que está pasando una mala racha, recargar la tarjeta y compartirla con extraños en el aeropuerto. La lista sigue y sigue…” Las cuentas de Facebook y Twitter de la tarjeta se convirtieron en un lugar donde compartir estas pequeñas historias de generosidad espontánea.

Puede que tanto Stark como Odio tengan razón en sus motivaciones y su análisis de la situación. Lo que está claro es que este experimento es un ejemplo de cómo el crowdfunding vía móvil puede mover a mucha gente y dinero en poco tiempo de maneras impensables hace unos años.

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